La isla de las piedras
Conozco ese sonido. Es una ola. Noto cómo la arena se ciñe a mi cara y la luz penetra mis párpados aún cerrados. Me incorporo y desprendo la arena de mi piel. Paseo por el perímetro de la isla. En menos de una hora la he rodeado por completo. Arena y árboles, interrumpidos ocasionalmente por algún sendero que conduce al interior de la isla. Todos los senderos concurren al mismo lugar: un gran claro con un socavón en el centro, el cual está completamente lleno de pequeños bloques de piedra, tan abundantes que forman una pequeña colina en mitad de la isla. No se ve tierra en ninguna dirección, sólo millas de océano. ¿Cómo he llegado aquí? Afortunadamente, los árboles son frutales. Hay cangrejos y madera seca, así como un pequeño manantial que brota del claro central y discurre hasta perderse entre unas rocas en medio de la vegetación, por la parte de poniente. El día se acaba. Improviso un refugio temporal con ramas. Quizás mañana logre recordar cómo llegué aquí. ¡O cómo me llamo! Ha...