Mente y Ser
La mente nace con un imperativo: conocerse a sí misma y conocer al mundo. Es una lente que mira tanto dentro como fuera. De niños cumplimos muy bien esa función, pero no distinguimos mundo de persona. Un bebé no se distingue a sí mismo de su madre. Observa el mundo y a sí mismo como un todo. Se cree el mundo. El choque con la vida llega, la lente se rompe. Las grietas son la separación interior. Lo que antes era indiferenciado, ahora se divide en partes. Por dentro y por fuera. Hemos ganado la diferenciación del yo con el mundo, pero a costa de la unidad interior. La mente ya no puede verse desde dentro, pues hay zonas que ahora son oscuras. Esas partes que tuvieron que reprimirse para sobrevivir al entorno ya no son accesibles y empiezan a ser rechazadas. Enterradas en el subconsciente. Ya no se puede ver la totalidad del ser: hay partes de las que se siente orgullo y partes de las que se siente vergüenza. El mundo sigue procesándose, pero a través de una lente rota. Lo que confirma, pasa. Lo que cuestiona, se ignora.
Pero la mente sigue queriendo verse. Lo que está oculto se proyecta en los demás. Por eso a veces nos duelen tanto algunos defectos en otros: son los nuestros, reflejados en el espejo de otra persona. Ya no es una lente que deja pasar la luz, es un espejo que devuelve la imagen proyectada. La mente sana observa. La mente fragmentada interpreta. No ve lo que hay. Ve lo que trae consigo.
Aquí llega la bifurcación. O nos quedamos con nuestro yo fragmentado, y hacemos de la herida identidad. O nos sumergimos en el abismo y cruzamos al otro lado. Los males sepultados pueden encerrar monstruos, pero también dones. Esas partes de ti que apagaste porque el mundo lo pedía se llevaron consigo talentos asociados. Esos patrones que adquiriste, esa forma de estar que te enseñaron, ocuparon el sitio de partes de ti y las enterraron. El trabajo del adulto es llegar a la unidad. Sin fractura, pero sin identificarse con el mundo. Llevando consigo el mapa del camino recorrido. No es volver al mismo punto. Es como una escalera de caracol: volvemos a la misma coordenada, pero un piso más arriba. Jesús dijo "sed como niños"; nunca dijo "volved a ser niños" ni "permaneced niños".
Éste es el arco del héroe, reproducido cientos de veces en la literatura y en los mitos. El viaje que comienza en casa, cruza el mundo para descubrir que la meta es volver al hogar después de haber matado al dragón o salvado a la princesa. El tesoro estaba en el punto de partida. El dragón es tu guardián interior, que protege la división porque es su identidad. Al dragón no se le mata con una espada, sino nombrándolo: identifica al juez interior que te castiga. Pero el nombre se pronuncia dentro y se ratifica fuera: la voz del dragón solo se apaga cuando el mundo contradice su sentencia. El dragón protege la división como un tesoro, pero cuando reconoces que no es oro sino una prisión, no le queda nada que defender. Cuando te aceptas a ti mismo, con tus luces y tus sombras, los fragmentos del espejo comienzan a unirse de nuevo. La princesa es la unidad ganada. No se la rescata para encerrarla en un castillo: eso sería mantener la fragmentación vistiéndola de oro, el ego espiritual reclamando el puesto del dragón. Se la rescata para que gobierne el Reino, sí. Pero también para que corra entre las flores y baile bajo el sol.
La batalla de la vida es volver a ser tú, sólo que un piso más arriba.
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