La isla de las piedras
Conozco ese sonido. Es una ola. Noto cómo la arena se ciñe a mi cara y la luz penetra mis párpados aún cerrados. Me incorporo y desprendo la arena de mi piel.
Paseo por el perímetro de la isla. En menos de una hora la he rodeado por completo. Arena y árboles, interrumpidos ocasionalmente por algún sendero que conduce al interior de la isla. Todos los senderos concurren al mismo lugar: un gran claro con un socavón en el centro, el cual está completamente lleno de pequeños bloques de piedra, tan abundantes que forman una pequeña colina en mitad de la isla. No se ve tierra en ninguna dirección, sólo millas de océano. ¿Cómo he llegado aquí?
Afortunadamente, los árboles son frutales. Hay cangrejos y madera seca, así como un pequeño manantial que brota del claro central y discurre hasta perderse entre unas rocas en medio de la vegetación, por la parte de poniente.
El día se acaba. Improviso un refugio temporal con ramas. Quizás mañana logre recordar cómo llegué aquí. ¡O cómo me llamo! Hasta ahora no he reparado en que no recuerdo mi nombre. Me recuesto sobre un lecho de hojas y me duermo. Y sueño.
En el sueño estoy en la isla, pero no estoy solo. Está plagada de sombras, que extrañamente me resultan familiares. No puedo tocarlas ni hablar con ellas. Yo también soy una sombra. Translúcida, casi transparente. Sin color. Las sombras tienen actitudes muy variadas. Unas intentan nadar fuera de la isla, pero siempre son arrastradas de vuelta a ella. Otras vagan de un lado a otro, o pasan el día retozando. Algunas curiosean lo que hacen otras sombras. Y unas pocas parecen obsesionadas con el montículo de bloques. Trepan por él, lo rodean, sacan bloques… Esto último es muy curioso. La pila de piedras parece una, pero en verdad cada sombra tiene la suya, y lo que haga con ella en nada afecta a la pila de los demás.
Conozco ese sonido. Es una ola. ¿Por qué estoy otra vez en la playa? Corro hacia el pequeño refugio de ramas que construí. No está. Ni rastro. Paso el día buscando a quien ha podido hacer esto. No hay nadie. Las frutas que comí ayer vuelven a estar en su árbol. ¿Qué está pasando? Vuelvo a construir un parapeto de ramas y me duermo. Vuelvo a tener el mismo sueño.
Conozco ese sonido. Es una ola. Hoy intento escapar de la isla. Me agarro a un tronco y me adentro en el océano. Me ahogo y muero.
Conozco ese sonido. Es una ola…
Conozco ese sonido. Es una ola…
…
Conozco ese sonido. Es una ola. No sé cuántos días he repetido ya. Cada vez que me duermo, despierto en la playa. Cada vez que muero, despierto en la playa. Me he vuelto muy bueno construyendo embarcaciones. Puedo hacer una en medio día. Tuve que hacerme bueno. La isla tiene sus reglas. Cada vez que me duermo, desaparece todo lo que he comido, movido o construido. He navegado en todas las direcciones durante jornadas enteras, hasta caer agotado por el sueño o ahogarme. Nunca he visto más tierra que esta maldita isla. No recuerdo nada. Y siempre el mismo sueño, con una insistencia que no parece de sueño.
…
Conozco ese sonido. Es una ola. En los últimos despertares he dejado de intentar salir de la isla. Me he fijado en que las sombras de mi sueño nunca consiguen salir, y en el sueño es algo que se siente así, como una verdad. Ahora entiendo a los locos del pedregal. Si la salida no está fuera de la isla, quizás esté dentro. Estoy sacando piedras sin parar, hasta que caigo exhausto. Ya ni me molesto en construir el refugio con las ramas. Cada mañana el montículo amanece entero, y da igual: mi obsesión es ver cuántas piedras puedo sacar. Curiosamente, en el sueño me veo haciendo lo mismo, compitiendo con las sombras del montículo por ver quién saca el montón de piedras más grande.
…
Conozco ese sonido. Es una ola. Camino desanimado hacia el montículo. Llevo tiempo sin sacar bloques. Es inútil. Tampoco compito en el sueño, aunque siempre vuelvo junto al montículo. He cogido sincronía entre lo que vivo y lo que sueño. Como si la existencia no fuese ya lo bastante monótona.
Ayer hice algo que se sintió diferente. Volví a sacar bloques, pero lentamente, para montarlos formando una pared. Hacía mucho que no levantaba un refugio. Me sentí cómodo.
Ya estoy llegando al claro. ¡Increíble! La pared de bloques sigue intacta. Y los bloques que usé han dejado su hueco en el montículo. Comienzo a construir más pared hasta formar un perímetro rectangular de bloques, aún no a la altura de una casa, pero con esa intención. Caigo exhausto en el recinto y duermo. Vuelvo a soñar, y esta vez la pared también se ha conservado en el sueño. El resto de sombras se han fijado y algunas comienzan a mirarme con más atención. Yo también me miro. Ahora soy menos transparente y parece que se intuye algo de color.
Conozco ese sonido. Es una ola. Corro hacia el claro. El recinto de piedra sigue allí. Paso el día subiéndolo, dejando hueco para ventanas y puerta. Empleo madera para los marcos e incluso construyo un techo de ramas y hojas antes de caer dormido.
Conozco ese sonido. Es un pinzón. Siento el tacto de las hojas en mi cara. Me levanto sorprendido. Algo ha cambiado. La rudimentaria casa sigue en pie, madera incluida. La fruta que suelo comer no ha vuelto a aparecer en su sitio. Me preocupa, pero lo más importante es que hay menos bloques en el gran montón. Quizás pueda lograr sacarlos todos y encontrar una salida de la isla. En el sueño de esta noche, también he aparecido en la casa en lugar de en la playa. Y casi he alcanzado la opacidad, aunque mis colores siguen apagados en comparación con el entorno.
Han pasado muchos días. He construido una pequeña ciudad. Hay granero, huerto, taller, canales de riego, un corral para las aves que encontré y pude capturar, despensa… El montículo ha perdido su altura y ahora se hunde en el suelo. En varios puntos he llegado al fondo: tierra. Lamentablemente, no parece haber ningún rastro de salida. Sigo construyendo, esperando dar con un escape de la isla cuando no queden bloques.
He dedicado muchos días a un jardín en el que he puesto mis plantas favoritas, y ahora sus aromas me acompañan. También hice una fuente por pura diversión. Un bebedero y un comedero para los pájaros. Incluso un mirador. ¡Ja! Pero no pierdo la esperanza.
En los sueños, varias sombras han empezado a imitarme: construyen sus casas, y algunas, sus parcelas, sus huertos… Estas sombras parecen haber ganado algo de opacidad y cada vez me resultan más familiares: el pelo, un contorno… Incluso creo entrever algún rostro que quiero recordar.
Hay una sombra que tiene su parcela construida, bastante diferente a la mía, pero admirable. Unas veces viene a mi casa; otras, voy yo a la suya. Al principio intentaba hablarme, pero pronto vimos que era inútil. Ahora nos miramos durante horas, intentando reconocernos. A veces creo ver su rostro; otras, me parece escuchar su voz.
Hoy he terminado de sacar bloques. No hay nada. Tierra seca. Sin salida. Estoy condenado a permanecer en esta isla para siempre. Al menos tengo sustento y cierta comodidad.
Esta noche, en el sueño, también acabo con las piedras. Los montones de otras sombras se están acabando, o ya se han acabado. Otros siguen intactos. Una pequeña ciudad interconectada pero incomunicada, con los tenues colores de cada uno de sus habitantes, va creciendo en torno al montículo. Nadie habla con nadie. Pero sí que hay nuevas interacciones entre sombras. Como las mías con mi vecina.
En el sueño sí hay algo en el fondo del socavón. Barro. Bajo corriendo a tocarlo y otra sombra me sigue. Cuando lo toco, miro mi mano, que vuelve a ser real. Me baño en el barro y recupero mi color. Oigo cómo, a mi espalda, la otra sombra me imita.
—¡Andrés! Hola.
Conozco ese sonido. Me vuelvo.
—No soy exactamente como me recuerdas.
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