Marionetas en las sombras

Como ya os he comentado a más de uno, me gustaría hacer un blog donde todos podamos participar poniendo nuestras creaciones literarias para compartirlas. Así que tras insistir a un amigo mío he conseguido que acceda a dejarme colgar una cosa. A ver si os animáis (y no miro a Tomás y a Raúl) los demás.


"Buenas:

Soy un amiguito de Nergal que vive en Valencia. Él insiste en que tengo talento para escribir, aunque no sé si tendrá razón o qué, yo creo que exagera un poco. Bueno, como me ha insistido le he dado permiso para que cuelgue un relatillo inconcluso que escribí hace unos años. Más adelante le pasaré algunos relatos más nuevos y si os van gustando que los cuelgue.

Un saludo.
Razyel."

MARIONETAS EN LAS SOMBRAS

Minos tira el cigarrillo antes de entrar en el oscuro callejón. Las nubes ocultan ocasionalmente la luz de la luna y la polución la dispersa en mil sombras brumosas. El sonido metálico de las botas contra el suelo rompe el apacible silencio, mezclado con los ruidos de la urbe a sus espaldas.

- Aquí me tienes. - Minos mete las manos en los bolsillos, aguardando. Juguetea nervioso con una moneda con la punta de los dedos.

Una forma se retuerce lentamente en un mugriento rincón. Una garganta sucia e inhumana carraspea y una voz sibilina entona un chirrido molesto:

- Llegas pronto, brujo. - Un cubo de basura se arrastra débilmente mientras la forma se contorsiona en su rincón. - Pero Roña es buena... no te devoraré esta noche.

- Permite que lo dude. - Minos tuerce el gesto despectivamente, el olor a podrido es repulsivo. - ¿Encontraste aquello de lo que hablamos?

- Siempre encuentro lo que los hombres olvidan, cachorrillo... Tu búsqueda es antigua, y se remonta a los orígenes del hombre. Es difícil encontrar eso que tanto te turba. - Unos ojillos maliciosos reflejan por un instante la débil luz que llega al pútrido rincón, y unos leves suspiros guturales anuncian la risilla que emana del ser.

Minos frunce el ceño, la cólera sube desde el estómago y el corazón se le inflama... El ambiente se carga de cierta estática.
- No he venido a jugar. No quiero rodeos. Quiero nombres. Ahora... - La amenaza que exuda su voz paraliza por un momento los contorsionismos de la forma oscura.

- Mi delicioso cachorro... Siempre hay nombres. Los pergaminos de Scipio te ayudarán.

Una descarga de energía envuelve a Minos. Un ser de energía azulada habla con la voz del mago.

- A mi regreso me cobraré tu deuda... No podrás escapar por siempre.

El ser azulado desaparece en un chispazo de pura energía eléctrica. El callejón se ilumina con un tono violáceo mientras el ser del rincón se arrastra a resguardo tras un cubo.

- Mi dulce aperitivo... También hay siempre una salida.

A varios kilómetros del callejón se alza un mausoleo, más antiguo de lo que nadie recuerda. Es la tumba más vieja del cementerio del norte, muy anterior a la construcción del mismo; nadie trae ya a sus muertos aquí. Símbolos cristianos se mezclan con rituales y ofrendas paganas, regalo para deidades nunca del todo olvidadas. Nadie osa acercarse de noche, todos los mendigos hablan del demonio que domina el lugar. Una luz azulada aparece en lo alto de una loma, seguida de un chasquido y de una forma humana. Las gafas de sol reflejan la luz de la luna, mientras los ojos de Minos examinan la antigua construcción. El trinario emite tres ligeros pitidos y Minos comprueba la pistola en la sobaquera.

- Siempre quise conocer a un conquistador romano... - Minos se acerca cautelosamente al Mausoleo de los Reyes.

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Minos tradujo la máxima latina inscrita en la entrada del mausoleo; "Gobernar incluso desde la tumba". Enarcó una ceja y medio sonrió.

- Curioso adagio... solo a un muerto se le ocurriría.

Musitó unas palabras apenas audibles en un idioma que escasos humanos pueden conocer. Pudo sentir cómo la protección de los seres divinos le había atendido. Reforzada su determinación se adentró en la compacta oscuridad de la tumba.

Apenas si llegaba algo de luz nocturna al interior. El polvo lo cubrían todo con el cruel abrazo del tiempo; sarcófagos, relicarios, inscripciones, estatuillas... Todo irremisiblemente corroído por el devenir de un siglo tras otro. La sala no parecía tener otra entrada o salida. Minos sintió como si mil ojos se clavasen en su nuca, observando a un extraño hostilmente.

Suspiró y cerró los ojos, alejando de su mente las desagradables sensaciones de agonía y desesperación eternas que le comenzaban a embargar. No se extrañó de que nadie se acercara a aquel lugar... el anfitrión no era demasiado acogedor. Intentó concentrarse en las corrientes de aire que surcaban la estancia; pronto pudo vislumbrar en su mente el dibujo de los patrones de diferencias de presión a su alrededor, pero ninguna corriente parecía adentrarse por ningún otro rincón que no fuese la entrada. Abrió los ojos, contrariado.

- A ver... ¿si fuese un muerto qué sistema de seguridad pondría?

Minos desconocía los secretos que la roca viva y la piedra podían revelar, estaba más allá de su conocimiento arcano. Pensó en alguna alternativa mientras escrutaba con visión perfectamente adaptada a la oscuridad todos los rincones del mausoleo. Entre un montón de cascotes encontró el cráneo de un perro, extremadamente grande y de rasgos extrañamente siniestros y amenazantes. El esqueleto se arremolinaba entre los desechos. Frunció el ceño y siguió explorando la estancia, tocando cualquier posible ranura o relieve capaz de actuar como una especie de llave. Pensó que algún posible interruptor podría esconderse entre los restos mortales de alguno de los sarcófagos, y la idea de abrir y comenzar a buscar en el interior no le agradó demasiado.

Un agudo sonido de dolor estremecido le sacó de sus pensamientos, desenfundando rápidamente la Walther P99 de la sobaquera. Un figura emborronada se abalanzó sobre él, atacando desde los límites de la visión de Minos. El brutal golpe por su costado derecho hizo saltar el arma por los aires mientras se debatía en el suelo con una cosa de famélica mirada verdecina, cual ente fantasmal sediento de sangre caliente. Con una fuerza desmesurada aplastó a Minos contra un sarcófago, cargando con la cabeza. Sintió cómo la protección que había invocado antes de entrar le salvó de las heridas que salvajemente intentaba infligirle el ente. Por primera vez pudo observar que el esqueleto del perro era su atacante.

Atajando el terror que amenazaba con paralizarle concentró rápidamente sus energías en una descarga de aire arremolinado que estrelló la cosa contra una pared, desconchándola con el choque.

- Igsha'lal deslorhe, Furlue'h sehyjai! - Minos gesticuló controlando las energías mágicas que creaba su espíritu, enfocando un viejo sortilegio contra entes resucitados. El esqueleto se alzó de nuevo con un profundo gruñido que pareció provenir de más allá del mundo de los muertos. Su fantasmal voz reverberó en la cúpula, haciendo más ominosa la amenaza. - Vale, no funciona...

El tremendo esqueleto observó con sus brumosos ojos verde brillante, cual perro de presa listo para avanzar, buscando un buen ángulo de ataque, acercándose con un gruñido continuo, amenazante, hambriento... Minos se apoyó contra un sarcófago, preparando su defensa, dándose cuenta que este se había abierto. Mirando con el rabillo del ojo observó cómo una mano desprovista de carne, excepto por un par de retales de piel podrida, estaba abriendo la pesada tapa de piedra tallada. Un escalofrío sacudió su columna vertebral, de arriba a abajo, poniéndole la piel de gallina. Miró atemorizado cómo más tapas de piedra se movían por toda la estancia, mortalmente lentos. Intentando controlar el terror primario que atenazaba su corazón cerró los ojos. El perro corrió un par de metros escasos y saltó velozmente hacia Minos... estrellándose contra un muro invisible que protegía al mago, haciéndolo trastabillar por la salvaje embestida.

Unos destellos de energía comenzaban a rodearlo, acumulándose en torno a su cabeza, canalizándola hacia brazos y piernas. Estaba en una posición similar a una estrella de cinco puntas, alineando energía en un invisible pentagrama de energías esenciales. Una sacudida de corrientes primarias canalizó el conjuro, creando una especie de aura a su alrededor. Minos extendió una mano hacia el esqueleto del animal, cayendo este de pronto tras un chorro de poderosa materia espiritual. El esqueleto quedó inerte en el suelo, sin ningún rastro de animación extraterrena. Se acercó al umbral, preparándose para abatir a los espectros que se alzaban.

- Venid pequeños... Este sí funciona y lo he inventado yo.

El trinario emitió dos pitidos agudos, indicando que la carga debería estar lista. El silencio se abatió sobre el mausoleo, roto tan solo por el arrastrar de pies descarnados. Una luz mortecina empezó a rasgar la noche desde el interior, con rápidos destellos similares a relámpagos.

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- Sigo sin entenderlo... - Minos encendió un cigarrillo y se puso a juguetear con el zippo, distraído. Estaba sentado sobre una roca frente al mausoleo. El humo se arremolinaba en torno a su cabeza, danzando a la luz de la luna. Se colocó las gafas de sol en la frente, pensativo. Estaba cansado y no lograba hallar un camino a los pasadizos que sabía se hallaban en el subsuelo de la construcción. Se levantó y entró con paso cansino, apartando huesos secos y vestiduras raídas por el tiempo. Pisó el cráneo de un perro enorme, haciéndolo añicos.

- Perdona chucho... - Minos observaba distraído los relieves inscritos en la piedra de la pared circular y el techo, intentando desentrañar algún secreto oculto. Estaban muy deteriorados, y difícilmente podría descifrarse algún mensaje de ellos, si es que alguna vez lo hubo. Pensaba continuamente en el mecanismo secreto que sabía abría el camino. Tenía cierta información al respecto de la entrada, pero no detalles exhaustivos.

- Joder, ¡claro! - Sonrió aliviado al observar unos jeroglíficos inscritos en una plancha de metal circular en el centro de la cúpula que coronaba la tumba, a unos quince metros de altura. Se asomó por un instante al exterior, expulsando aire y concentrándose, intentando asegurarse de que nadie interrumpiría su labor. No halló signo alguno de vida en los alrededores y entró de nuevo.

Cogió un saquito color granate de un bolsillo de la gabardina, abriendo la correa que aseguraba el contenido y metió la mano. Lo guardó donde estaba y rápidamente se puso a entonar un cántico conocido, familiar, esparciendo unos polvillos levemente brillantes en un círculo en torno a él y sobre sí mismo, acompañándolo de gesticulaciones leves pero concisas y de terminaciones vehementes. Miró de nuevo al techo y expandió los brazos, separándose los pies del suelo y levitando lentamente hacia arriba con una última oración al orden cósmico. Se detuvo frente a la oxidada plancha metálica, examinando los relieves inscritos en perdidas lenguas arcanas y un saliente central, con forma de esfera. Examinó las anotaciones que almacenaba en el trinario y comenzó a presionar los sellos en un orden especificado, cogiendo finalmente la esfera color bronce enmohecido y hundiéndola en el techo, con un giro final hacia la derecha.

Un resorte sonó con un chasquido sordo, y la negra estatua de obsidiana de un ángel de rostro desfigurado y alas quebradas se hundió en el suelo, dejando libre tras de sí la entrada a un pasadizo en el contrafuerte que custodiaba. Minos sonrió y descendió de nuevo. El trinario pitó dos veces rápidamente, dando por concluido el algoritmo de decodificación. Cogió el arma de la sobaquera y se adentró en el negro túnel que le aguardaba.

- Y bien, "el Africano"... ¿qué más regalos tendrás preparados para tu humilde visitante?

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El aire del subterráneo era húmedo, casi correoso. Minos se preguntó si alguna vez en más de diez siglos se habría ventilado el lugar, la opresión del ambiente cargado era excesiva, con una cualidad eterna, asfixiante. La oscuridad era absoluta, un manto negro que se adhería al cuerpo de Minos, tratando de sofocarlo. Sin embargo podía ver en la completa negrura sin problemas, como cualquier persona podría hacerlo a la luz del mediodía, a pesar de las tinieblas que trataban de estrangular su ánimo y, quizás, su cuello.

- Sí Edson, tranquilo, merecerá la pena todo esto. Te prometo que lo merecerá... O arderá todo en llamas. - Minos hablaba para sí mismo, siseando iracundo. No le había hecho ninguna gracia el recibimiento de arriba. - El conquistador será amable y acogedor, o se convertirá en el montón de polvo que debería haber sido hace mucho...

De pronto una luz iluminó el goteante pasillo de roca viva, una serie de pequeñas esferas blancas brillaban vigorosas, suspendidas en el techo aparentemente sin ayuda alguna. Minos cerró los ojos con fuerza, doloridos, llevandose las manos a la cara con un grito de dolor.

- ¡La madre que....! - Minos se cubrió con un brazo, tratando de acostumbrarse a la nueva iluminación. Amartilló el arma y continuó avanzando, despacio, con los ojos abiertos por una rendija. - Así que el muerto quiere jugar... Pues bien, de acuerdo, vamos a jugar.

Con el rostro en una visible muestra de enfado siguió caminando por la roca toscamente excavada. El pasaje no había dejado de descender hasta encontrar al fin un recodo, al cabo de una media hora. Se asomó con cuidado, utilizando sus sentidos místicos entrenados durante años. Vio que la roca desembocaba en un pasillo enlosado en suelo, paredes y techo. Las blancas losas tenían frescos dibujados con increíble calidad, perfectamente conservados, pero de una edad considerable, alrededor de un milenio como mínimo según estimó Minos. Representaban escenas cotidianas de la época de la civilización romana, con nobles descansando en verdes jardines, comiendo frescas frutas servidas por esclavos de distintas razas, o cazando el extinto león europeo, con lanzas y subidos en briosos corceles.

- No si encima tendrá su corazoncito... Añora su tiempo, largamente agotado - Minos sonrió con sorna. Al fin y al cabo tampoco había esperado un buen recibimiento por parte de aquel antiguo no muerto; su reputación como anfitrión entre los entes sobrenaturales que sabían de él no era muy halagüeña. Había venido a negociar, lo quisiese el muerto o no. Tenía medios, pero un ser tan antiguo debía ser indeciblemente astuto y manipulador. Suspiró dos veces, tranquilizó su mente y continuó adelante, doblando el recodo, andando con sumo sigilo.

El pasillo continuaba adelante, la humedad era mucho menor en esta zona, y un suave sonido desde la lejanía traía lo que parecía una dulce melodía. Los frescos de las paredes no tenían desperdicio, y serían el sueño de cualquier arqueólogo curioso. Y estúpido, pensó Minos, si se atrevía a entrar en este lugar sin el permiso de su dueño. Tragó saliva con una sonrisa condescendiente consigo mismo y continuó, esperando no haber cometido la última estupidez de su vida.

Transcurridos unos breves minutos encontró lo que parecía la entrada a una estancia mucho más alta y ancha, flanqueada por dos estatuas de suave y pulido mármol blanco. Las estatuas, de cuerpo entero, que reposaban sus pies en repisas en el suelo, representaban sendas mujeres con hábitos de plañideras y túnicas de luto, y ambas lloraban por sus fríos ojos de piedra blanca un fluido carmesí, goteando hasta el suelo, cubriendo sus vestiduras en un reguerillo.

- Es sangre fresca... - Minos frunció el ceño, se preguntaba de dónde la sacarían las estatuas. Su pose trágica clamaba al cielo por una injusticia infinita, llorando amargamente. Sin duda representaban una escena impactante, juzgaba Minos. - Bueno, pero no me asustarás con un pequeño truco como este.

Minos pasó al lado de las estatuas. Por un momento se planteó si no habían sido de carne y hueso en algún momento del pasado, dado el realismo con el que habían sido creadas. La sala que había a continuación era enorme; el techo se perdía en las tinieblas, a más de 30 metros, las paredes estaban repletas de estanterías, escudos y espadas de una antigüedad reconocible, pero en un increíble perfecto estado. Las enormes mesas de caoba sostenían cubiertos de oro y plata, jarrones con vinos de olores afrutados y otros licores, fruteros cubiertos de piedras preciosas de talla exquisita, repletos de fresas, uvas y manzanas de enorme tamaño, platos repletos de manjares y carne asada, humeante aún, con especias que levantarían el apetito aun después de un copioso banquete. Las finas columnas de estilo jónico se alzaban hasta el lejano techo, y las estanterías de roble sostenían jarrones y enseres de una manufactura magistral. Todo era de origen romano y clásico, y se conservaba de manera increíble.

Con la boca abierta por la impresión, se giró rápidamente al oír unas repentinas pisadas y notar la interrupción de la suave melodía de arpa que sonaba de fondo. Una figura de casi dos metros le observaba tras la oscuridad de una rica túnica de color púrpura fino que le cubría el cuerpo entero, trenzada de hilos de oro y palabras que semejaban latín. Minos aferró el arma, inquieto; la imperturbable figura avanzó hacia Minos con vaporoso movimiento, sin hacer ruido alguno.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Increible. Queremos leer el resto ya. Me ha tocado mi fibra sensible.
El intoxicador ha dicho que…
voy a imprimirlo por que mis ojos de fumon no me permiten centrar la vista tanto tiempo en la pantalla, pero seguro kesta to wa xq ra es un figura
Andrés MB ha dicho que…
No Pedro, éste lo ha escrito un amigo mío. Mola mucho más. La verdad es que crea un ambiente de tensión y suspense excelente. Yo también estoy deseando leer la continuación :D
Anónimo ha dicho que…
muy bueno el relato,he leido cosas peores de autores consagrados,sigue asi
Andrés MB ha dicho que…
Raúl di más bien que estás resacoso y si lees el relato estallará tu cabeza en un punzante dolor y ya opinarás cuando lo leas :D

PD Yo no te caliento para que arregles rencillas, pero es divertido picarte XD
Anónimo ha dicho que…
a mi me parece un coñazo particularmente xDDDD me parece que se sobrecarga con tanta descripción, Hemmingway era una cosa pero bueno xD Pues eso, que ya si eso veo la peli xDDDD
Andrés MB ha dicho que…
Esta juventud de hoy día... Todo lo que no sea la etiqueta de una botellea os da aperreo leerlo...